Carta de Salomón Shang, director de "Cinéclub": "La administración catalana humilla económicamente a aquellos que son rebeldes"

El director de cine catalán Salomon Shang ha enviado esta carta a los medios en la que se queja de la falta de ayudas a sus pelÃculas por parte de la administración catalana. A continuación podéis leer la carta en su totalidad:
Mi pelÃcula CINÉCLUB parece resultar la única pelÃcula catalana que va a ser estrenada durante el año 2009 que ha sido rechazada por parte de la Generalitat de Catalunya (ICIC) asà como por parte de TVC. Es un film pequeño, por supuesto, pero tan pequeño que no ha recibido ni la ayuda que todos los ciudadanos catalanes que realizan pelÃculas en este paÃs perciben habitualmente. Y es que no he tenido el honor de que mi pequeño film sea considerado como otros tantos catalanes sà subvencionados com “Trash”, “A la deriva”, “No me pidas que te bese…”, “Soy un pelele”, “La Kasona” o “Dos billetes”.
La administración catalana humilla económicamente de manera sistemática a aquellos que son demasiado rebeldes, que no parecen divertirse jugando al mismo juego de todos. Todas las distribuidoras pagan a un sinfÃn de expertos en cálculos numéricos, analistas de mercado y otros muchos especialistas para predecir y diseñar estrategias. Sin embargo, los mayores éxitos suelen ser pelÃculas descartadas originariamente por considerarlas “excesivamente”. ¿”Excesivamente” ¿qué? Excesivamente original, excesivamente predecible, excesivamente madura, excesivamente infantil, excesivamente lenta…
Como dijo Harry Cohn, “uno sabe cuándo una pelÃcula va por el buen camino por una sensación en el culo”. Estoy con él. Porque, al fin y al cabo, la decisión de dar o no luz verde a una pelÃcula corresponde a una o dos personas de la cadena de mando, que utilizan su simpatÃa o antipatÃa hacia los que realizan el film como criterio fundamental para aprobarlo o no, tanto en las subvenciones como en la televisión.
Los directivos de la administración catalana asà como de la televisión en Catalunya, que en la actualidad proceden en su gran mayorÃa del mundo de la gerencia más que del mundo del espectáculo, nunca han tenido la oportunidad de aprender a confiar en sus instintos. Por eso ahora la industria del cine en Catalunya está plagada de datos de taquilla. ¿Qué tienen de malo los estudios de taquilla? No sirven para nada. Si sirvieran, habrÃa fórmulas que no existen. Pero alto ahÃ: ¿no es de sentido común tener en cuenta las recaudaciones pasadas de un cineasta para otorgarle un proyecto, en el caso de las administraciones? Y ¿preguntar a un espectador potencial si verÃa tal o cual pelÃcula, en el caso de los estudios que realizan las televisiones? Puede que sea de sentido común, pero es inútil. ¿Por qué? Porque existe, y sobre todo debe existir, una clara diferencia entre la peluquerÃa y la sala de deliberaciones de una comisión.
En la peluquerÃa, en el salón de belleza, el metro y demás, cotilleamos. Nos divierte mucho sentirnos más infalibles que los principales implicados, ver los errores de los famosos, de los magnates del paÃs acusados por corrupción. Formamos y expresamos vehemente opiniones basadas en información incompleta y, muy probablemente, sesgada o incluso fabricada. ¿Y por qué no? Ése es el propósito y la alegrÃa del cotille fortalecer las normas de la comunidad a través de un discurso esencialmente dramático.
En una comisión, sin embargo, tenemos un propósito honesto y altruista. Nos esforzamos, individualmente y como grupo, por dejar de lado los prejuicios, los placeres del cotilleo, del ejercicio del poder, la venganza indirecta, etcétera, y por actuar conforme a un conjunto de reglas.
Una y otra vez se alecciona y amonesta a las comisiones para que apliquen la razón, porque asà lo exige lo que hay en jueg el destino o la condición de muchos seres humanos dependientes de que una pelÃcula se realice o no.
En un estudio de audiencia o en una comisión para la concesión de subvenciones, la situación se invierte. La valoración del drama, tarea consagrada a una clase de cotilleo, se ha degradado hasta convertirse en un simulacro de juicio contra el cineasta. El que realiza el estudio insiste en que dejemos de lado no sólo nuestras reacciones personales sino también, necesariamente, las embrionarias ante un drama y que apliquemos una norma idealizada de comportamiento humano.
Esta norma es idealizada tanto en la proyección de un supuesto espectador imaginario, como en nuestra propia autoidealización. Ya que entonces, cualquier miembro de una comisión o incluso, el espectador encuestado se pregunta no sól “¿Es ésta la clase de pelÃcula que me gusta?” y “¿Es ésta la clase de pelÃcula que le gustarÃa a alguien como yo?, sino también, más corrosivamente: “¿Es ésta la clase de pelÃcula que alguien como yo declararÃa que le gusta?”.
En este punto, cualquier experiencia subjetiva de la pelÃcula es eliminada por la razón. ¿Qué queda? La capacidad de alabar o amonestar, y ambas equivalen a la muerte para cualquier arte.
Se ha convertido al espectador en un ser conformista y estrecho de miras, en responsable de la pelÃcula más que en un miembro del público. Y cómo nuevo miembro de un jurado, por supuesto, optará por el camino más seguro. ¿Cuál es el camino más seguro? Excluir racionalmente lo que no puede explicarse. Ése es el camino más prudente para un miembro de una comisión o un individuo encuestado, y por eso han sido reclutados. Su rechazo a dejarse conmover por una pelÃcula, su propensión a declarar anatema lo perturbador y desacostumbrado, ha liberado de la responsabilidad del gusto, es decir, de la elección, al atribulado burócrata de la administración.
Creo que para interesar, una pelÃcula debe tratar al público como a público, no como comisario cultural. El comisario obtiene satisfacción con el poder de amonestar, no con la pelÃcula o el guión. Asà pues, ¿tengo que hacer caso a mi culo?, Seguro. ¿Debo hacer sólo las pelÃculas que la administración tenga a bien financiarme? Indiscutiblemente, no. ¿Pierdo dinero? Todo. ¿Fracaso habitualmente? Sin duda. Tanto artÃstica como comercialmente. Pero (a) no me queda más remedio y (b) ya que mis decisiones finales son esencialmente subjetivas, trato de aprender a confiar en mis instintos.
¿No es necesario calibrar al público? Claro que sÃ. La manera de hacerlo es sentarse al fondo del cine mientras ven la pelÃcula y observar sus reacciones cuando proyectan la atención fuera de sà mismos; ésa es la manera de ver si la pelÃcula, y cualquier parte de ella, funciona o no. Nunca veo a los miembros de la comisión sentados en esa última butaca.
Pues ése es el estado en el que se encontrará el futuro espectador: suspendida la incredulidad, con la atención en la pantalla, deseando sentirse emocionado, complacido y distraÃdo, sumando sus esperanzas a las del personaje; para llevar al espectador a este estado, uno no puede depender de los gerentes de la administración ni preguntarle su opinión al espectador, sino que debe prestar atención a sus actos.
Salomón Shang
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